Una de la ventajas que tiene el haber fallado más de una vez a las expectativas de una o más personas consiste en que la exigencia es cada vez menor, hasta que llega a extinguirse. Es cuando ya nadie espera nada de uno. Podría, a primera vista encontrarse un poco triste esa situación, pero, mirándolo bien no es tan, tan malo.
Desde luego no ha sido esa la finalidad de este observador social al fallar a la cotidianeidad de la columna, sin embargo, y en su propia defensa, innecesaria por lo demás, debe recordar a sus lectores que esta posibilidad fue debidamente advertida en su oportunidad.
Aclarado el punto, válgome de de este episodio para hacer un paralelo con nuestra actual situación política.
¿Pero qué tiene que ver esta minucia con el acontecer nacional? Mucho, como veremos, pero con algunas pequeñas diferencias, a favor de este servidor.
Si nos remontamos a los primeros meses de la última campaña presidencial recordaremos que, aún cuando deseábamos un triunfo, no teníamos grandes esperanzas. Al correr de la campaña fuimos tomando confianza hasta llegar al convencimiento de lograríamos el éxito esperado. Ni que hablar de la explosión de alegría y entusiasmo que experimentamos ese, extrañamente, lejano 17 de enero.
Las expectativas en ese momento eran desbordantes y, con el ánimo posiblemente alterado por la alegría, llegamos a soñar que vendrían tiempos nuevos y que se estaba dando comienzo al despertar de una nueva etapa para la Patria.
Y empezaron a llegar las primeras noticias. Primeras decepciones, primeros desencantos.
Las expectativas comenzaban a caer, una a una. Gabinetes excelsos, pendrives, ungidos, subsecretarios que si, pero no, cronómetros, Insulzas, Ravinetes, y en fin, a que seguir.
Como si todo lo anterior fuera poco, a nuestro Electísimo le pareció lo más bien aceptar la invitación, de protocolo, que le hiciera la Señora a una Cumbre de sepa usted que cosa. Como ansiosa quinceañera que debuta en sociedad vistió sus mejores galas y partió. ¿A qué? ¿Qué tenía que hacer este caballero ahí?
Esperemos que los jefes de Estado hayan sido indulgentes y recibieran este desatino con humor, o, lo que sería mejor, que lo atribuyan a la proverbial amistad cívica de los chilenos.
Claro que se corre el riesgo que cuando el nuevo Presidente se salga del molde latinoamericanista progresista del barrio, lo manden a buscar a su apoderada.
Este sostenido desmoronamiento de expectativas lamentablemente no fue previsto, ni muchos menos avisado, al contrario de lo que ocurrió con este observador y su columna, lo que si fue anunciado.
Pero no podemos termina esta columna sin mencionar a nuestro regalón Huguito. “Oye tu, Reina de Inglaterra, devuélvele las Malvinas a los Argentinos” “Oye tu, Reina de Inglaterra, el colonialismo y el vasallaje se terminó”.
Dejo a criterio del lector el análisis de estas frases del jefe del Estado Bolivariano de Venezuela.
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Oportunamente determinaremos la forma más adecuada de llenar este espacio.
domingo, 28 de marzo de 2010
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