Esa noche dormí como niño en víspera de Navidad, estaba ansioso por saber el desenlace del relato.
Me despertó un fuerte olor, mezcla de humo y café. A poca distancia me observaba el anciano. Parecía que no se había movido de allí. Lo único distinto era que ahora tenía el tacho entre las manos, como orándole. Recién estaba amaneciendo. Silencio absoluto, sólo interrumpido, levemente, por el movimiento de alguno de los caballos amarrados cerca.
Me incorporé con dificultad, no acostumbro a dormir en el suelo, y me dirigí hacia el anciano. Con un movimiento de cabeza me señaló la fogata donde había puesto otro tacho con una infusión con un olor muy parecido al café. A la orilla del fuego, una tortilla de rescoldo. Pero no tenía hambre, la ansiedad era superior. ¿Estás listo? me preguntó. Me asustó la pregunta pero, sin pensarlo, dije si, estoy listo. Y el viejo continúo con su relato.
Bajo la comodidad de la tienda dispuesta por este generoso Señor los cuentos se sucedían unos a otros, día tras día. En mis largos años, nunca antes me había divertido tanto.
Una cierta tarde, dio en pasar por ahí un caminante. Atraído por las risas, se acercó a la tienda, a escuchar. Hola, dijo, ¿puedo entrar? Yo también tengo cuentos que contar. Y continuó el anciano. Los cuentistas y yo nos miramos desconcertados sin saber que contestar, estábamos tan acostumbrados ya unos a otros que no sabíamos que hacer. Entonces se levanta el Señor y con voz clara y firme le dice. Pasa forastero, adelante, aquí, en mi tienda, te recibo, puedes contar tus cuentos. Y así seguimos contando.
Pero, me dijo, nada perdura, un mal día uno de los cuentistas se mofó de un cuento del forastero. Palabras sacan palabras y el asunto subió de tono. Miembros del cortejo del Señor salieron en defensa del forastero, y otros cuentistas mediaron. En lugar de manejar las diputas en el plano de los cuentos y palabras, se pasó a lo personal, causando un disturbio, que se pudo controlar. Pero ocurrió lo más imprevisto e insólito que te puedas imaginar, hijo mío.
Yo, a esas alturas no podía resistir y le dije, casi le grité, al anciano ¿pero qué pasó?
Bueno, me dijo, algo lamentable, a mis años no debió haberme sorprendido. No sé porque no lo preví, pero todo se dio tan naturalmente que hasta un viejo como yo no pudo anticipar lo que vendría.
Estaba a punto de estrangularlo, cuando prosiguió, a veces las personas hacen cosas incomprensibles, por eso te dije, hijo, que estoy confundido, muy confundido.
Resulta pues, continuó, que con motivo de estas discordias, te insisto, no tan graves, el Señor, en una actitud que nunca comprenderé, ordenó que fuéramos expulsados de su tienda, todos. Habíamos, dijo, traicionado su hospitalidad. Y así, hijo mío, debimos abandonar la tienda que él mandó construir en mi cálido valle, su dulce manantial, su árboles de generosa sombra y abundante leña para calentar nuestras noches de cuentos. ¿Cómo estoy? me preguntas, confundido, hijo mío, muy confundido.
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Oportunamente determinaremos la forma más adecuada de llenar este espacio.
domingo, 28 de marzo de 2010
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