Cuarenta y tres días.
Ese es el plazo que le queda a don Joaquín Lavín, Ministro de Educación, para que estén funcionando normalmente las escuelas damnificadas por el terremoto. No se incluye en este plazo a las escuelas que no sufrieron daños porque esas son muchas más. Y se necesita bastante más de cuarenta y tres días, o semanas, o meses, para que esas funcionen normalmente.
Ojalá se trate de un plazo realista, un riesgo calculado, porque no estaría bien iniciar el gobierno dando prórrogas. Aunque, pensándolo bien, podría ser una buena estrategia presidencial para el ministro. Ya fue probada con éxito por la Señora cuando no pudo terminar en tres meses con las colas de los hospitales, plazo perentorio que le dio Ricardo I. Total, después lo echamos arriba de un tanque y listo.
Hoy vimos al Ministro con su cara de aplicado y su infaltable cuaderno universitario junto al Presidente y al “niño símbolo” de la reconstrucción, conocido como el Zafrada. Estaban inspeccionando la escuela del niño, que se decretó fuera la primera en entrar en servicio. El Presidente le regaló una pelota autografiada. Al niño, no al ministro. Y el primero, no contento con eso, le pidió el lápiz al segundo. Esperemos que haya andado con otro, de lo contrario los plazos peligran.
Este episodio me hizo pensar en una idea que se la voy a mandar a los alcaldes, para que se aviven. Deberán entrenar a un niño por escuela con las habilidades del Zafrada y asegurarse así pronta ayuda en el próximo cataclismo, que todos sabemos, menos la Onemi, que vendrá.
Las explicaciones del Señor Presidente en esa misma gira respecto de las platas necesarias para la reconstrucción me llevaron por otros derroteros del pensamiento, sin presumir.
Habló de 30 mil millones de dólares, cifra difícil de imaginar. También dijo que se financiarían reduciendo gastos, ocupando ahorros y pidiendo préstamos.
Y en esa cavilación no pude menos que observar que la monstruosa suma que cuesta reconstruir todos los daños, de todos los sectores, educación, salud, vivienda, carreteras, puertos etc., de todo el país, es justamente la misma suma que tenemos en la libreta de ahorros. Es para quedarse pasmado. Resulta que tenemos guardados, debajo del colchón ¡todos los recursos necesarios para la reconstrucción! Es verdad, créanme. Aunque les cueste, a mi también me cuesta.
Entonces aquí la mente se confunde y se subleva. El primer pensamiento, desde luego, es de regocijo. Gracias a Dios, se dice uno, que nuestras autoridades fueron previsoras y juntaron peso a peso esa descomunal suma de dinero, para las “vacas flacas”. Dudo, sin embargo, muy seriamente que el Faraón haya logrado juntar esa suma a instancias de José. En serio, no creo que haya sido tanta plata.
Viene entonces la inevitable segunda mirada al asunto. Está bien ahorrar, pero ¿tanto? No habría sido preferible usar parte de esa plata en financiar mejoras indispensables e impostergables de nuestro país. ¿En qué estaban pensando? ¿En la gloria o la fama por la gracia? Personalmente lo encuentro un crimen de lesa humanidad, muestra palpable de un total desapego y desconocimiento de la realidad nacional.
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Oportunamente determinaremos la forma más adecuada de llenar este espacio.
domingo, 28 de marzo de 2010
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