domingo, 28 de marzo de 2010

Columna Nº 33 de Pete el Negro

Mis muy amadísimos feligreses, pónganse cómodos y presten atención, porque voy a predicar.

La tolerancia, hijos míos, es una de las más preciadas virtudes que adornan el espíritu de los hombres y, sin embargo, es talvez una de las menos practicadas. De hecho, con el pasar de los años, que en mi caso no son pocos, he llegado a la conclusión de que el Tolerante, tolerante, no existe.

Así, queridos míos, podemos encontrar en la viña del Señor la más variada clase de personas, desde la muy tolerante hasta la más furibunda intolerante. Entre medio encontramos a la mayoría de la gente, incluido ustedes y yo mismo. Como es natural, cuando se trata de asuntos de virtudes, cada uno tratará de adjudicarse el mayor grado posible. Contrariamente a lo que ocurre con los defectos. Nada más natural.

Ahora bien, mis amados hermanos, (en las prédicas uno se pude dirigir indistintamente a hijos, hermanos o feligreses, y nadie lo nota) resulta que la tolerancia, en la acepción que normalmente se usa en forma coloquial, significa, en breve, que uno debe respetar las ideas, creencias, opiniones, modos de vida, etc. de las otras personas. El concepto es fácil de entender, aunque no de practicar. En general las personas actuamos, en esta materia, de manera extraña (en realidad en otras también), por una parte exigimos muy enérgicamente respeto y aceptación por nuestras ideas, opiniones y creencias, pedimos tolerancia hacia nosotros. De allá para acá. Pero de aquí para allá la cosa cambia.

Desde luego no me refiero usted mi queridísimo feligrés, sino a todos los demás habitantes de la tierra, excepto usted. Resulta, como habrán apreciado en innumerables ocasiones, que las personas que más predican y exigen tolerancia suelen, a su vez, ser las más intolerantes. No le doy ejemplos, pero hay miles. De esa forma no es difícil oír “es usted un cretino intolerante” de labios del Cid de la tolerancia. Entonces se pide respeto a las opiniones e ideas y conductas de unos pero no se acepta la opinión o idea contraria o la crítica a ciertas actitudes. Y ¿Por qué no se debe tolerar la intolerancia, cuando no es violenta? Tarea para la casa.

Entonces cuidado, cuidado mis amigos abiertos de mente, elevados de espíritu, de intelecto refinado, que predican y exigen tolerancia, pero con métodos y formas totalitarias. No se puede hacer apología de la tolerancia a palos. Más vale un intolerante inofensivo que un tolerante fanático.

Eso se manifiesta también, muy claramente, en la actitud belicosa de toda clase de minorías, como llaman ahora a los diferentes grupos de cualquier cosa rara.
(Ahí mostré la hilacha, pero no tengo por qué ocultarla).

Prefiero, en consecuencia, la otra acepción de la palabra tolerancia y que es un poco contradictoria con a la primera, y que se refiere al “Margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas..” RAE. Este margen o tolerancia generalmente es chico. A los más tolerantes les gusta un margen grande. A los más simples, como yo, nos gusta un margen más estrecho.
Tolérenme.

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