domingo, 28 de marzo de 2010

Columna Nº 32 de Pete el Negro

Sigue temblando. A veces muy suave, a veces regular, a veces fuerte. Pero sigue temblando.

El problema principal de que siga temblando, mientras no exageremos, más que los eventuales daños materiales, es que nos mantiene en un estado semi crepuscular permanente. El miedo comienza a disminuir, con los grados Richter, pero se mantiene ahí, en silencio, sin estridencia, y empezamos a comportarnos de manera casi normal. Cuando empieza a temblar ya no salemos corriendo, nos quedamos quietos, observando. Si aumenta, arrancar, si para seguimos en nuestros quehaceres.

Respecto de este tema permítanme una reflexión más intima. En el estado en que nos encontramos, cualquier temblor, o algo que se parezca a un temblor nos afecta. Un camión, una micro o cualquier vehículo pesado nos altera. Ahora, si usted es de esas raras personas que vive con un perro regalón que pasa mucho rato a su lado, el problema se agrava. Si usted no tiene perro no me va a entender, pero le explico. Resulta que estos animalitos suelen ser hospederos de otros animalitos más chicos que, al morder al primero le provocan una fuerte picazón. Naturalmente esto provoca el consiguiente rascado del perro, con una intensidad y ritmo tal que, si están apoyados en una silla, una mesa, un sillón, o una cama, o usted mismo, producen el prodigioso efecto de imitar un temblor a la perfección. Bueno, sabemos que no lo hacen con ese propósito pero el resultado es el que les relato, créanme.

Bueno, aclarado el punto, espero, les cuento que este observador social ha tenido a bien compartir su vida monacal no con un perro sino con cuatro. Sólo uno es más bien pequeño. Usted se imaginará lo que le pasa al ya damnificado espíritu de este observador.

Quiero atribuir entonces a esta situación, a la que voluntariamente me he expuesto, mi actual estado de ánimo. No es precisamente un estado de pesimismo, tal vez gracias a la fe, ni tampoco de fatalismo crónico ni menos de desesperanza, pero de que no me gusta, se los aseguro. Podría ser, aventuro un diagnóstico, un estado de ánimo abrumado. Abrumado, creo que es la palabra, por el estado en que quedó nuestro lindo país después de su última gracia sísmica.

Cada día que pasa, la catástrofe es mayor. Ya perdimos la cuenta de las casas destruidas. La población no afectada por el terremoto no ha tomado conciencia de la profundidad de la herida que sufre nuestra tierra.

Esperemos que con el correr de los días el gobierno logre aquilatar en su verdadera magnitud el daño sufrido y, lo más importante, pueda determinar el monto de los recursos necesarios.

Hechas la cuentas finales, me temo que se apreciará que no basta con algunas modificaciones al presupuesto nacional, que no basta con reasignaciones por aquí y recortes por allá. Será necesario reformular por completo el presupuesto poniendo como objetivo central la reconstrucción y normalización de todas las actividades del país. Esa forma será más barata que una tarea de largo plazo. La conciencia ciudadana estará dispuesta ahora a cualquier sacrificio. Mañana será tarde. Con la normalidad aparente se desvanecerá la voluntad y, peor aún, el espíritu solidario.

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