domingo, 28 de marzo de 2010

Columna Nº 39 de Pete el Negro

Efecto Ají Verde.
En uno de mis tantos viajes que me impone mi condición de observador social, dióse la circunstancia de encontrarme almorzando con un buen amigo, en un parador junto a la carretera.

Disfrutábamos alegre y fraternalmente de una exquisita plateada con arroz y ensalada de tomates y una heladísima cerveza.

En eso estábamos cuando pedimos a la amable, y no mal parecida garzona, que nos trajera ají verde, para acompañar el tomate.

Una alegre sonrisa precedió al platillo con ají que quedó sobre nuestra mesa, seguido de “aquí tiene señor”, y el “gracias” de rigor.

Nos dimos a la faena entonces de aderezar nuestras ensaladas con el manjar pedido.

Transcurrido algo más de un silencioso minuto mi amigo me comenta, entre alegre y sorprendido “oye, el ají esta picante”. Por todo comentario creo haberle dicho, “si, está bien bueno”.

“Algo le pasó a Pete”, pensarán mis feligreses, ¿acaso ahora es comentarista de cocina? Paciencia, nada me ha pasado, lo que pasa es que después del comentario de mi amigo y de mi analítica respuesta, no pude dejar de reflexionar sobre la situación. Me llamó la atención algo pero no acertaba a dar con qué. Y volví atrás, acompáñenme por favor: “oye, el ají está picante”¿Y que quería mi amigo, no lo pedimos acaso, exactamente para eso? Respuesta: “Si, está bien bueno” ¿o sea, porque está picante, está bien bueno?

Entonces, hijos míos, no pude dejar de reflexionar en un fenómeno que no se si será exclusividad nuestra o es universal. Algo esta pasando, cuando es digno de encomio que las personas o cosas se comporten o actúen tal como debiéramos esperar. Es notable que el ají esté picante. ¿Y no es para eso? Me parece que esto se debe a que nos estamos acostumbrando a que nada funcione como debe, o que nadie se comporte como debería.

Diariamente nos encontramos con esta anómala situación, y nos parece lo más natural del mundo. Que el cajero del banco “fue amble”, que maravilla, no me gritó; el “pan estaba blandito”, en lugar de estar duro. Parece entonces que siempre esperamos que las cosas anden mal, o, peor, que las personas se comporten mal. Cuando es así, todo bien. Lo raro es lo otro, lo correcto.

He llegado a pensar, a raíz del terremoto y sus graciosas réplicas, que, como decía J.Edwards Bello, somos un país sísmico, y esta es otra de nuestras características, que él no observó.

Parece que en nuestro carácter sísmico y catastrofista hemos encontrado una eficaz ayuda para tener momentos de felicidad.

Y parece ser una buena fórmula, tanto que creo perfectamente posible que podría ser una política de Estado, la principal preocupación de los gobernantes, parlamentarios, alcaldes, concejales, usted y yo. La meta: “Que las cosas funciones como deben y las personas se comporten como es debido”. Sería este el único país del mundo en ser feliz con tan poco esfuerzo. Ojalá.

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