Viniendo de regreso de un viaje a la montaña que realicé para buscar algo de paz telúrica, sin éxito, tuve un experiencia extraordinaria que no puedo dejar de compartir con ustedes.
Al salir de una de las quebradas y entrar a un pequeño valle surcado por un sonoro estero cristalino, bajo un añoso y frondoso árbol, vi lo que, en la distancia, me pareció un anciano. Estaba sentado en una piedra muy baja y plana por lo que sus huesudas rodillas casi enmarcaban su barbudo rostro. Muy delgado, no pude saber si era rubio o moreno por su tostada piel y blancas canas.
¿Cómo estás anciano? le pregunté tuteándolo, no se porque, no es habitual en mi. Me miró con atención por eternos segundos en silencio hasta que dijo: Confundido hijo, estoy confundido y dirigió su mirada a un tacho negro que humeaba sobre una pequeña fogata, a sus pies. Me desconcertó, sólo esperaba un “bien y usted”, pero su respuesta encerraba, no sólo el misterio de su confusión, una invitación a preguntarle ¿por qué? Y lo hice, en lugar de seguir mi camino, lo hice. Cuando me contestó, llamándome hijo, dejó en claro quién es quién, y que me acercara, a escucharlo. Recordé entonces que desde muy niño, hasta ahora, me gustó hablar con los viejos, siempre aprendía algo.
Me senté frente a él en un pequeño taburete que encontré entre un sinfín de bultos, bultitos, trastos, frazadas y ropa que había a su alrededor.
¿Quieres saber porqué? Está bien, te lo contaré, los cuentos de viejos siempre son útiles me dijo. Me está leyendo la mente pensé, pero el siguió hablando. Su tono era plano, como describiendo un paisaje, no había sentimiento.
Resulta, hijo, que yo soy un viejo aficionado a contar cuentos, me gusta contar cuentos, y siempre lo he hecho hasta que llegué a estas montañas. Mi costumbre siempre fue contar cuentos a personas de buena voluntad que quisieran escucharme, con la sola condición de que las invitara. Así, había un grupo de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que escuchaban mis cuentos. Algunos de ellos solían entusiasmarse y contaban también sus propios cuentos. Debo confesarte que algunos de esos cuentos superaban a los míos, pero eso me llenaba de alegría. Me encantaba cuando se sucedían unos a otros allegando cada uno su cuento. Otros no, sólo escuchaban, con mayor o menor interés los cuentos de los otros, en silencio. A veces un aplauso, a veces un reclamo, pero todos se divertían.
Así pasó el tiempo, en el valle de más arriba, seguro pasaste por ahí, y los cuentos se sucedían unos a otros en un concierto, a ratos desafinado, pero alegre y sin final.
Pero este contar no era cómodo, el frío de la noche, el viento de la tarde y el calor de la mañana hacían en ocasiones difícil mantener unido al grupo de cuentistas y oidores. Algunos seguían su viaje, pero siempre, siempre volvían.
Entonces, siguió el anciano, un buen día pasó por ese valle un Señor con su cortejo, y se detuvo a escuchar. Era una tarde fría, mandó a sus hombres a levantar una lujosa tienda sobre el grupo y dispuso se sirvieran los más exquisitos manjares. ¡Que júbilo más grande!
Mañana, hijo, te cuento el resto.
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Oportunamente determinaremos la forma más adecuada de llenar este espacio.
domingo, 28 de marzo de 2010
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